martes, 21 de agosto de 2012

De lo poco en lo que coincido con Nietzsche


Codicia y amor, ¡qué sentimientos y cuántas diferencias nos sugieren cada uno de estos términos! Y, sin embargo, podría ocurrir que se tratara del mismo impulso, pero designado de dos modos distintos; o bien de forma calumniosa desde el punto de vista de los saciados, para quienes este impulso ha tenido ya alguna satisfacción y que temen perder lo que “tienen”; o bien desde la perspectiva de los insatisfechos, de los ávidos, que glorifican consiguientemente dicho impulso porque lo consideran “bueno”. ¿No es nuestro amor al prójimo un impulso a adquirir una nueva propiedad? ¿No sucede lo mismo con nuestro amor al conocimiento, a la verdad y, por lo general, con todo impulso hacia nuevas realidades? Cansados poco a poco de lo antiguo, de lo que poseemos con seguridad, extendemos las manos para recibir lo nuevo; ni siquiera el paisaje más hermoso en el que acabamos de pasar tres meses está completamente seguro de nuestro amor, pues un horizonte más lejano excita nuestras ansias. Es que generalmente despreciamos el bien poseído por el hecho mismo de la posesión.
Nuestra autosatisfacción trata de ser tan intensa que continuamente está convirtiendo cualquier cosa nueva en parte de nosotros mismos -y en esto consiste la posesión-. Estar harto de una posesión equivale a estar harto de uno mismo (se puede sufrir también por estar demasiado lleno; es el deseo de rechazar, de compartir, que puede encubrirse con el nombre honorable de “amor”). Cuando vemos sufrir a alguien, comprendemos gustosamente que se nos ofrece la oportunidad de apoderarnos de él; es lo que hace, por ejemplo, él hombre caritativo y compasivo, que también llama “amor” al deseo de una nueva posesión, encontrando placer en ello tanto como con la llamada a una nueva conquista. Pero donde se revela más claramente que el amor constituye un impulso que incita a apropiarnos de un bien es en el amor sexual; el amante quiere poseer en exclusiva a la persona que desea, quiere ejercer un poder exclusivo tanto sobre su alma como sobre su cuerpo, quiere ser amado por esa persona con exclusión de cualquier otra, permanecer en ese alma y dominarla como si esto fuera para dicha persona su más supremo y deseable bien. Si consideramos que todo esto representa nada menos que privar al resto del mundo del regocijo de un bien y de una felicidad preciosa, que el amante trata de reducir al empobrecimiento y a la privación a todos los demás contendientes y que sólo aspira a convertirse en el dragón de su tesoro, en el “conquistador”, en el explotador más egoísta y carente de escrúpulos y que, a sus propios ojos, el mundo entero resulta indiferente, descolorido y sin valor, estando dispuesto a sacrificarlo todo, a alterar no importa qué orden, a pisotear cualquier otro interés, nos asombraremos, entonces, de que esta avidez y esta injusticia salvaje del amor sexual hayan podido ser ensalzadas y divinizadas hasta ese punto en todas las épocas; nos asombraremos de que de esta clase de amor se haya llegado a extraer incluso el concepto de amor como lo contrario al egoísmo, cuando de lo que se trata es de la manifestación más desenfrenada de este último. Parece que quienes han creado las expresiones usuales del lenguaje en este terreno han sido los no poseedores, los insaciables -que sin duda constituyeron siempre un grupo demasiado numeroso-. Respecto a quienes la suerte había reservado, en este campo, mucha posesión y satisfacción, han dejado escapar indudablemente aquí y allá alguna palabra contra este “demonio furioso”, como es el caso de Sófocles, el más amable y amado de los atenienses. Con todo, Eros se ha burlado siempre de estos blasfemos -que fueron precisamente sus mayores favoritos-. Ahora bien, podemos encontrar sin duda en la tierra una especie de prolongación del amor en el curso del cual esta codicia ávida y recíproca entre dos personas ha retrocedido ante un ansia nueva, un anhelo nuevo, una sed superior y común de un ideal que los supera; pero, ¿quién conoce este amor?, ¿quién lo ha experimentado? Su verdadero nombre es amistad
1882 – La Gaya Ciencia – Friedrich Nietzsche

Algo


El hombre alimenta su ego acosta de la autoestima de los demás y aunque no es reconocido por mucho, es así; en tanto que uno desea ser deseado, no le completa ser deseado,
El amor desea, el temor evita. En esto consiste que no se pueda ser al mismo tiempo amado y respetado por una misma persona, por lo menos al mismo tiempo. Pues el que respeta reconoce el poder, es decir, teme; su estado es un temor respetuoso. Pero el amor no reconoce ningún poder, nada que separe, que distinga, que establezca superioridad e inferioridad de rango.
El amor incondicional es amar a otro sin condición alguna. Desafortunadamente, nuestra mezquindad nos lleva a racionalizar el amor: si tú me das, yo te doy; si cumples con ciertas condiciones, yo te amaré; si tú eres atento, yo seré atento; si tú me cuidas, yo te cuido; si tú eres cariñoso, yo seré cariñoso. Y así vamos reglamentando lo que nuestro corazón siente o debe sentir por otra persona.
La expresión más sublime del amor incondicional es la de una buena madre, la cual, sin importar las características de su hijo, le seguirá amando…En cambio , en la relación de pareja es donde se encuentran las máximas manifestaciones de amor condicional, incluso se llega a amar a un ser que no existe. Así, encontramos las expresiones: “la amaría si fuera capaz de cambiar, de ser más amable, cortés, puntual, dejara de fumar, beber, etc.”. Se llega a amar a un fantasma del debe ser, pero al que es real no lo logramos aceptar.El ser humano tiende a idolatrar al se amado por temor a ver la realidad, en cambio dicho temor lo convierte en real. La Madre Teresa de Calcuta definía el amor limitado como aquel que está condicionado a que otro te ame; en cambio, el amor ilimitado se basta a sí mismo.

Subdesarrollo emocional


Padecemos una especie de subdesarrollo emocional que nos impulsa a ciertas conductas autodestructivas, tanto en nuestra vida pública como en la privada. Nos urge encontrar un camino que nos permita hallar una manera de ser más sanos, y ese camino está íntimamente relacionado con el amor y la espiritualidad. El amor es el mejor símbolo de salud del hombre, es todo lo opuesto de la agresión, del miedo y de la paranoia, que a su vez representan la patología que nos desune.
El amor no es la más aunténtica de las emociones ni mucho menos. Como ya he analizado, el hombre es egoísta por su propia condición de ser hombre. El amor implica debilidad, por que cuando uno "quiere" a alguien, inconscientemente esta mostrando una debilidad, quiero decir, si te enamoras, esa persona tiene poder para hacerte daño, y al final, eso te hace vulnerable. Por mucho que intento mantener mi fe en "el amor", en el ser humano, no lo consigo. Al final todos somos un cúmulo de cosas irreales de las que nos autoconvencemos para evitar afrontar la realidad, y al no afrontar esa realidad o no decir las cosas claras por cobardía es cuando más hacemos daño a las personas...

lunes, 20 de agosto de 2012

Sin título I


Es indescriptiblemente agonizante el uno no poder expresar sus sentimientos debido al funcionamiento de los demás. Una persona cualquiera diría: "¡Ingenuo! Tus acciones no deben depender de los demás" vale vale, tienes razón, pero al final, nuestros sufrimientos vienen determinados por terceras personas no por nosotros mismos. Me explico, yo puedo deicr que no fundamento mis acciones en los demás. pero son los demás los que condicionan, tan sólo en una parte, cómo me siento yo. Ojalá fuera tan fácil como hablar con otro y expresarle tal y cómo te sientes, contarle tus inseguridades, tus miedos, aquellos aspectos que te hacen mas humano, en cambio, aunque conscientemente la otra persona te entienda, quiera y comprenda, inconscientemente ve tus debilidades y, aunque sea la mejor de las personas, en cierta medida las aprovecha, por que el ser humano va a lo que va, a lo suyo, el ser humano es egoísta y en el no existe el desinterés. En ocasiones los intereses similares de dos personas los pueden llegar a hacer muy compatibles pero es en esencia egoísta porque si no fuera así la gente nunca se separaría, nunca lo pasaría mal, nunca lloraría... De este "amor" interesado, en mi humilde opinión, sólo el amor de una madre o un padre se salvan.

Estos sufrimientos que nos causan los demás son más cotidianos en todos nosotros de lo que nos gustaría reconocer, el problema es que etiquetamos dichos problemas de una forma, cuando en realidad su origen es muy distinto, tiene una raíz mucho más profunda. El remedio para esto es hacerse, como diría Jorge Bucay. autodependiente, que es una especie de pseudoindependencia, pero es realizable. Verdaderamente no es la cura, ya que volvemos a centrarnos en el "auto" el yo. el egoísmo. pero es la "menos mala" de las soluciones. Éste egoísmo es contagioso pues la única forma de no sufrir es hacerte participe de este círculo vicioso, y al final, a nadie nos gusta sufrir.

Una inquietud


El ser humano, siempre en tanto que es humano, es egoísta y es debil. Todo acto humano y toda aspiración que tiene el mismo esta hecha por y para la autosatisfacción. Ésto puedo confundirnos en muchas ocasiones pero hasta la mejor de las acciones busca un "sentirnos bien con nosotros mismos" antes que un hacer que otro se sienta bien. Uno es egoísta sintiendo y siendo sentido tanto en temas de amor como en temas de amistad porque uno suele decir "qué feliz soy con esta persona" y no "qué feliz hago a esta persona".

La falta de solidaridad del hombre a lo largo de toda la historia de la humanidad ha llevado a que la esencia de religiones como el cristianismo sea el "anti-egoísmo" por decirlo de alguna forma. Así un célebre principio cristiano es "ama a los demás como a tí mismo" ésto es muy similar a los principios de una ética formal, en palabras del propio Kant: "obra sólo según una máxima tal que puedas queres al mismo tiempo que se torne ley universal". Como conclusión de la primera frase ¿qué podríamos sacar? Si se enfoca desde el punto de vista adecuado podríamos deducir que una persona no es capaz de querer a otra si no se quiere a sí misma, es más, ésto es una gran verdad. Tanto en amistad como sobre todo en relaciones sentimentales, una persona no es capaz de querer/amar a otra si no se quiere a sí misma,en la medida en que si uno no tiene amor propio no es capaz de querer ni de que ninguna relacion funcione; porque una persona es lo el interes que es capaz de causar en otras. Así pues una persona no es como ella es, sino que es lo que es para cada una de las personas con las que se relaciona, y para cada una de las personas con las que se relaciona supone un interes diferente, y esto es el más triste de los egoísmos por interés de las relaciones sociales y sentimentales humanas.

Así pues el valor moral de una acción reside en la intención y tanto más moral será como tanto mas se aleje del egoismo:

"Obra sólo según una máxima tal que se fundamente en la conmiseración y en la autoconmiseración"

Introducción

Hola!

Empiezo a escribir este blog con intención de encontrar una vía de desahogo en la que puedo postear todas mis mas profunda inquietudes e inseguridades y compartirlas con un lector anónimo.

La fuente de mis entradas serán desde cosas que escriba, a cosas que lea por ahí, llegando incluso a hacer una mezcla de ambas. Espero que encontréis algo de empatía en mi discurso y que os parezca algo orientador, interesante o que simplemente halléis consuelo en ello.

Si en algún momento necesitáis alguien con quien hablar no dudéis en poneros en contacto conmigo, de los problemas ajenos es de los que mas se aprende.

Un cordial saludo,

Síntesis